¿Por qué contamos historias?

Por Ximena Jara, Directora de Factor Crítico.

Desde las cavernas de Altamira en adelante, la humanidad ha dado cuenta de un afán irrefrenable: relatar historias. Aun sin un lenguaje común, con señas, con representaciones artísticas, las personas han buscado comunicar experiencias, expectativas, enseñanzas. 

Se dice que las narraciones son información con alma, porque nos permiten generar vínculos con ciertas realidades, sentirnos cercanos y comprender más profundamente un hecho. 

Nos hacen re mirar aquello que tenemos en frente, nos hacen sentir parte de una comunidad, evidencian lo que tenemos en común y también pone en relieve nuestros matices y particularidades. Nos obligan a empatizar, porque son un pasadizo hacia otras subjetividades. 

En todas las lenguas y en todas las edades es posible escuchar expresiones esperanzadas como “déjeme explicarle”, “escúcheme un poco”, “quiero contarle”. Pocas negativas son más frustrantes que las respuestas automatizadas a situaciones que, sabemos, son singulares.  

Como sociedad, nos relacionamos a través de las historias, de los relatos que nos hacemos sobre las personas, las organizaciones, su valor, sus atributos, su coherencia y su confiabilidad. De hecho, en el mundo del marketing se conoce a la perfección y se ha trabajado a través de técnicas específicas y un área de creciente interés: el storytelling. 

¿Pero qué pasaría si no solamente el marketing de nuestra organización comprendiera el valor de un buen relato? ¿Qué pasaría si los liderazgos políticos pudieran explicar claramente lo que desean y lo que los inspira, si las organizaciones tuvieran las herramientas para mostrar su trayectoria y sus valores, si las empresas entendieran que en lo que tienen para decir está su mayor valor? ¿Qué pasaría si, en lugar de simplemente idear mensajes, contáramos quiénes somos?

Esa capacidad de narrarnos a nosotros mismos frente a la comunidad y a diferentes actores es lo que llamamos Relato Estratégico. Es lo que da cuenta de nuestra identidad, nuestro sello, lo que nos hace únicos y que el resto quiere ver. Es la capacidad de unificar nuestra voz para dar cuenta de quiénes somos y de qué buscamos exactamente en cada una de nuestras interacciones. Es la coherencia y la capacidad de convocar, de provocar, de conmover que tenemos, y que define tanto nuestro liderazgo como el de nuestra organización. 

¿El problema? No siempre sabemos exactamente cuál es nuestro relato, no siempre es evidente. ¿La respuesta? Hay estrategias especiales para que ese relato surja de la propia organización o persona. Y si cada uno de nosotros tiene un relato lleno de potencia, valor y singularidades, ¿por qué no poner su tremenda fuerza a disposición de nuestros propósitos?

Créditos Fotografía: Carlos Calamar

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Enzo Abbagliati