Pro empleo, no pro trabajadores. Columna de Ximena Jara
“El Presidente, si alguien osa reclamar, le manda a no compararse y a dar gracias”.
Hace pocos días, el Presidente decretó el “modo empleo” en el Gobierno. Algo como “un cambio de switch”, dijo, para que no sea sectorial. Hasta ese momento, la política “pro empleo” estaba constituida por una reforma tributaria con un subsidio que no crea ningún puesto, sino que premia al que mantiene a alguien contratado, y por frases al aire pidiendo a los empresarios que no despidan a la gente. En paralelo, se recortaban fondos para capacitación y emprendimiento, se generaba un frenazo en el sector de la vivienda a partir del anuncio del fin del IVA a la compra de inmuebles y se ponía pausa al proyecto de sala cuna universal. Con un desempleo que bordea el 10% y lo supera en el caso de las mujeres, con la Cámara de la Construcción urgiendo para que el Gobierno se ponga las pilas con las tareas de obras públicas y de infraestructura y con la mayoría de las personas sin expectativas de que las cosas mejoren, es claro que la esperanza a la que el Gobierno apuntó en su cuenta pública no es la emoción reinante, sino una enorme incertidumbre, generada sobre todo por las acciones del propio Gobierno.
Esta administración partió tomando una decisión no solo impopular, sino elocuente: traspasar, íntegro, el costo del alza de los combustibles a las personas. Recortó, luego, gasto social en áreas tan sensibles como salud, educación, capacitación o vivienda. Todo ello es significativo respecto de la verdadera disposición de acompañar o no a las mayorías en sus vicisitudes. El "modo empleo" sigue la misma lógica: el enunciado es que se busca más trabajo formal para la gente, pero el espíritu de las medidas pretende que las personas dejen de exigir cosas incómodas como jornadas razonables, conciliación con la vida familiar, pago de horas extras o indemnizaciones proporcionales al tiempo que se ha invertido en una empresa. Una mesa que intenta resolver el problema - el cacho - de los derechos laborales, y eliminarlo en todo lo que se pueda. Estas sugerencias, nuevamente, parten de un supuesto incomprobable pero que está en el corazón de lo que postulan: si el costo de contratar se hace mínimo, si los impuestos se hacen mínimos, si el Estado se hace mínimo, si la sociedad con sus molestas demandas se jibariza hasta casi desaparecer, si solo queda el espacio del capital y la ganancia, quizás esos empresarios quieran gastar algo de ese dinero en nuestra economía.
La batalla cultural prima sobre la voluntad de Gobernar. La realidad de las acciones contradice lo que se narra. La mesa de empleo no contempla trabajadores entre sus miembros, ni se plantea el desafío de la productividad, de la empleabilidad, de la capacitación, es decir el desafío de las transformaciones estructurales de largo plazo. Se limita a plantear el trabajo, una de las dos fuerzas históricas del crecimiento - al igual que el capital - como un instrumento que debe subordinarse a otras consideraciones. Frente a esa fuerza incómoda, hecha no solo de horas laborales, sino de personas que ven sus vidas y su futuro complicarse día a día, el Gobierno insiste en tomar decisiones que las precarizan, diciéndoles que es por su bien y el Presidente, si alguien osa reclamarlo, le manda a no compararse y a dar gracias. Los discursos son elásticos, pero también se rompen.